En la vida de un hombre, se convierte en hito indeleble la posibilidad de ver y tocar el Amazonas, de sentir intensamente la fecunda energía de la selva y conocer a sus antiguos pobladores y custodios. Para un colombiano de la cordillera, malacostumbrado a sentirse en el centro y a mirar hacia el norte, el impacto de la selva más vibrante y poderosa del planeta es un bautizo. ¿Cómo ha podido el país vivir de espaldas a semejante realidad telúrica? Porque a pesar de ocupar la mitad del territorio, nuestra cuenca amazónica ha sido más un teatro de piratería, explotación, matanzas, negligencia y codicia que una porción de patria: legado imperdonable que ya nos cuesta caro.
Un rebaño de nubes flota sobre la selva. Después de volar por varias horas sobre un jardín de brócolis enormes, se renueva el destello de esperanza. Quizás, después de todo, ni Brasil con su incipiente imperialismo, ni Colombia con su frontera de coca y de ganado, ni los demás vecinos de la cuenca logren tan fácilmente deforestar semejante inmensidad de territorio. Pero es sólo una manera ingenua de pensar con las ganas, pues si nos atenemos a las cifras y a la situación que narran los indígenas acerca de lo que sucede en sus antiguos territorios, se le contrae el alma hasta al más optimista.
En el raudal de Santa Cruz, sobre el río Vaupés, se construye actualmente una pequeña central hidroeléctrica que brindará energía a Mitú, población que actualmente cuenta con un servicio intermitente.
En 1988 nació el resguardo indígena de Yaigojé Apaporis en la Amazonia colombiana, territorio que hoy es el único en el país declarado Parque Nacional Natural (resolución 2079 del 27 de octubre del 2009) por solicitud de las 19 comunidades indígenas que viven allí.
Mujeres de la comunidad de Carrizal comentan, en idioma curripaco, las etapas de desarrollo de un niño, los diferentes nombres que les dan a niños y niñas mientras van creciendo y consejos para un mejor nacimiento y crianza de los pequeños.
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